ÉRASE UNA VEZ… 

…hace no tanto tiempo, en un lugar no muy lejano, una nación que tenía un gobernante enojado.

Y no es que el hombre poderoso tuviera alguna razón para estarlo. Simplemente estaba irritado, porque sí.

Y ya.

Los más sabios doctores del reino (porque estamos hablando de un país en el que el gobernante era un rey, un soberano que dictaba las leyes a su antojo y según su estado de ánimo) habían tratado de encontrar la razón de tanta furia, pero no habían dado con ella.

Uno de ellos, el más docto, el sabio Iván, pensaba que el monarca había sido contagiado por una enfermedad extraña, y trabajaba con un equipo de especialistas en dar con la vacuna que curara el iracundivirus, como había llamado al bicho que había descubierto alojado en la mollera de su ilustre señor. Pero aún no había podido encontrar el remedio a tan terrible mal.

Y se dice lo del “terrible mal” porque el enojo del dictadorzuelo ya había provocado muchos problemas e innumerables calamidades. Es que él no entendía razones cuando andaba en sus momentos, que cada vez eran más seguidos, hasta que llegó el tiempo en que los periodos de calma del hígado real se habían vuelto instantáneos y fugaces.

Todos los habitantes del país aquel, antes feliz y próspero, se fueron infectando del mal de su príncipe, ya fuera por contagio real o por simple imitación. El caso es que la población se convirtió en una masa iracunda de personas que peleaban por quítame esas pajas:

Que un caballo se adelantaba a una carreta en alguna callejuela, pleito sin cuartel; que un caballero rozaba con su espada la anatomía de algún otro señor, duelo mortal; que un comerciante no quería bajar el precio de alguna tela, agria discusión; que un sirviente se tardaba en sacar el agua del pozo, batalla campal…

La enfermedad y/o la necedad que originaban la cólera del rey terminaron por ser la pauta de la vida de todos los habitantes, al grado que se perdió toda armonía entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre amigos o socios, entre los más dulces amantes…

El señor estaba enojado, siempre enojado, y por eso cometía muchos errores, muchas injusticias. Llegaba al extremo de hacer a un lado las leyes que él mismo había jurado ante Dios proteger cuando fue coronado. Muy alterado, gritaba cuando alguien le recordaba la legislación:

—¡No me vengan con que la ley es la ley!

La nación fue a la ruina porque el soberano terminó por pelearse con los gobernantes de sus países vecinos, hasta que acabó con el comercio que tan buenos dividendos le daba a su pueblo.

Y además se puso a hacer obras ostentosas e inútiles que aniquilaron los tesoros del reino.

Todo iba así de mal hasta que un día una turba de ciudadanos descontentos se fue engrosando en las calles y terminó por alcanzar forma de muchedumbre que tomó el palacio del déspota -mal cuidado por los soldados, también muy molestos con su jefe-, lo destronó y lo encerró en una mazmorra de por vida.

A él y a sus familiares y a sus cercanos en el poder y en la corrupción.

Nada que ver con el mundo actual…

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