Los engaños que nos dividen

Articulo Julio Faesler

Mucho se viene hablando de las noticias falsas o fabricadas que no hay que atender ni, mucho menos, creer. El tema está en que, debido a la confusión en que se encuentra el país como también muchos otros en el mundo, ninguna confianza puede tenerse en lo que se conoce, ni menos en la posibilidad de atender los muchos retos de nuestros tiempos.

La contradicción entre los hechos y las versiones falseadas hace imposible encontrar la verdad. El meollo de esta confusión mucho se debe al individualismo exagerado que no admite validez en la opinión ajena. No hay puntos de referencia confiables para orientar decisiones fuera de la decisión personal una orientación para normar los actos con que resolver lo que nos enfrentamos tanto en lo individual como en lo nacional.

La situación en México es que la alusión que el gobierno nos presenta de los hechos es radicalmente distinta a la realidad. La falta de confiabilidad se manifiesta tanto en el discurso del gobierno, en cuanto se obstina en difundir mensajes, la mayor parte de los cuales son diametralmente opuestos a la realidad.

El engaño de las autoridades cuando afirman cosas tan absurdamente irreales como que el país se encuentra en inmejorables condiciones de tranquilidad, paz y progreso, insistiéndose en obviar o negar en forma absoluta los hechos que nos confrontan y que las autoridades son intencionadamente incapaces de resolver. Cabe la pregunta de si la autoridad cree lo que dice, lo que puede ser cierto, o que está consciente de los hechos y ante la impotencia vienen las mentiras que intencionadamente difunde.

Existe, por el contrario, el engaño de los que niegan las crudas realidades que justifican el argumento transformador del gobierno. La sociedad mexicana sufre y es víctima simultánea de las dos posiciones engañosas. Por una parte, la oficial, que imagina un bienestar inexistente, y por otra, la posición de los que, por razones obvias, describen un innegable desplome de la vida nacional.

Los resultados obtenidos en los cinco años de la administración de AMLO son inaceptables. Sus fracasos están a la luz de todos hasta de sus seguidores más fieles. La destrucción del sistema de salud, siempre perfectible, pero que sí funcionaba. El sistema escolar con sus planteles cayéndose, obligando a los maestros a dar clases en paupérrimas condiciones, sumado a la cancelación de las guarderías infantiles y de las escuelas de tiempo completo. La desarticulación de las fuerzas del orden y los cambios de rumbo de la Guardia Nacional, el abandono de las pymes y el dejar al país a la suerte de las mafias criminales. Éstas y muchas más deficiencias son ejemplo de la torpe e inepta administración, increíblemente pasadas por alto por el jefe del Ejecutivo quien, en sus mañaneras, se obstina en mentir y presentar un México idílico y perfecto. La mentira ha llegado al extremo de negar la corrupción imperante.

La ficción oficial de un México perfecto suprime el verdadero desastre de su política de destrucción. Toda crítica a esta realidad es inmediatamente atribuida a las malignas fuerzas de los que han usado el país en provecho propio. Todos los males que nos abruman proceden de ellos y del pasado.

 

En otras palabras, frente a la posición oficial de la inevitable necesidad de producir en México una transformación profunda de nuestra manera de actuar y los principios que la sustentan, se encuentra la absoluta convicción de que tal transformación que el gobierno se propone realizar, aniquila toda posibilidad de progreso y bienestar. Ambas posiciones se presentan como irreconciliables, pese a que en ambas anidan distorsiones y discursos falsos.

Por una parte, la oposición denuncia la falta de un Estado de derecho y culpa al Ejecutivo de violar a diario la Constitución y lo responsabiliza de agravar los males. Ambas partes saben que las injusticias y la desigualdad económica vienen de siglos atrás y son fruto de no compartir equitativamente el producto del esfuerzo mancomunado.

¿Cómo va a ser posible un clima de confianza mientras que la relación social haya preferido la lucha ideológica antes que compartir con ánimo de justicia social los frutos del esfuerzo común entre capital y trabajo? Mientras esto no suceda, la escisión y la lucha de clases será inevitable, y la inconformidad con la desigualdad.

Más que responsabilidad social se necesita solidaridad social. Ésta es la innegable base de las inquietudes que ahora afloran y que se ha vuelto política y electoralmente necesario desentrañar.

Hay esperanza de que las elecciones del próximo junio nos traigan una transformación con relaciones más provechosas, dejando atrás el esquema de rivalidades entre visiones falseadas y partidos políticos que se emplean en defender sus ambiciones personales con una corta y personal visión.