La petrificación de una mayoría

El cajón del filoneísmo Agustín Basave

La democracia engendra el voto, pero no lo atrae. No es fácil sacar electores a defenderla. La gente está preocupada por temas menos abstractos, más prácticos y apremiantes. Quizá tengan razón quienes dicen que se da por hecho que las libertades estarán siempre ahí, que el entramado democrático está asegurado. Lo cierto es que demasiadas personas le dan poca importancia a la elección de sus gobernantes y no la relacionan con la resolución de sus problemas. Vamos, la democracia es en buena medida contraintuitiva: requiere educación y concientización.

Para ganar votos, en efecto, es más rentable el discurso que socava los valores democráticos que el que los promueve. Hablar de combatir la pobreza mediante la concentración del poder en un líder providencial es bastante atractivo, sobre todo en estos tiempos. Predicar la relevancia de los contrapesos y los equilibrios, en cambio, resulta anticlimático. En México, de hecho, lo notable es que la bandera de la defensa del institucionalismo republicano haya llenado el Zócalo. Cierto, predominó en las tres movilizaciones la clase media, pero eso no hace a la participación multitudinaria de mexicanos en torno a esta agenda un dato menor. Es una venturosa noticia que tantas personas estén conscientes del imperativo de defender la democracia.

Discutir qué es un régimen democrático me parece ocioso. El que esgrime el populismo —la “voluntad popular” debe primar en cualquier momento y al margen de las leyes e instituciones que la sociedad se ha dado a sí misma— se parece mucho a la tesis de la dictadura del proletariado que desarrolló Engels, que implica la entronización de una clase social en aras de la desaparición de otra. La democracia, desde la Atenas de Pericles, es otra cosa: deliberación de ideas disímbolas, votación y decisión mayoritaria con base en reglas que presuponen respeto a los perdedores. Todo sistema que impida que la minoría de hoy se convierta en la mayoría de mañana presupone el designio de imponer un pensamiento único y es inequívocamente antidemocrático.

El presidente López Obrador descalifica a los manifestantes de la oposición desde su arenga polarizadora. Su descalificación es, por lo demás, tan electorera como irresponsable. No quiere entender que lo deseable es que esa estima por la democracia que representan permee a la mayoría. Un estadista, un demócrata, no azuza a los suyos para exterminar políticamente a sus enemigos y conservar el poder; aprovecha su propia ascendencia para democratizar a su país en el sentido más profundo de la palabra. Francisco I. Madero comprendió que si no incluía en el Plan de San Luis el reparto agrario no conseguiría el apoyo de los campesinos, pero nunca quitó el dedo del renglón de los principios democráticos que sustentaban su lucha. Cuando AMLO proclama que su “autoridad moral” está por encima de la ley y trata de desmantelar la división de poderes está emulando a Porfirio Díaz, no a Madero.

El populista pone al pueblo por encima de la sociedad, pues concibe a uno como un estrato homogéneo y a la otra como un ente abigarrado cuya pluralidad repudia. Por eso, porque no tolera la disidencia y quiere perpetuar su movimiento, inscribe en piedra su mitocracia. Este es el proyecto de la 4T: la petrificación de su mayoría.
https://www.milenio.com/opinion/agustin-basave/el-cajon-del-filoneismo/la-petrificacion-de-una-mayoria