El arranque de las campañas pone a la clase política en un ánimo confrontador. En muchos casos se pierde la perspectiva de la temporalidad y tiende a pensarse que esta es la madre de todas las batallas. Contribuimos a ello analistas y periodistas calificando como “histórico” un proceso democrático que debería ser normal y rutinario, es decir, la evaluación del desempeño gubernamental y la selección de un equipo idóneo para administrar el país en la siguiente etapa. No me hago ilusiones, simplemente advierto que después de junio vendrá julio y luego agosto y septiembre… y pienso que podemos infligirnos (como país) más heridas de las necesarias. Nada inusual, forma parte de nuestra vertiente autodestructiva.

El proceso postelectoral será particularmente delicado porque se están elevando las apuestas. El presidente ha violado la Constitución en 30 ocasiones, metiendo su cuchara en el proceso electoral. De entrada, si el Tribunal no tuviese una mirada tan favorable a su causa, ya estaríamos a punto de deslegitimar el proceso. El uso de recursos públicos en precampañas, por no hablar del adelanto del proceso, haría que en un país regido por estricto derecho, el proceso ya estuviese descalificado de origen.

Con todas estas acciones y la musculatura del oficialismo apoyando a su candidata, toma cuerpo la hipótesis de una elección de Estado que naturalmente nos llevará (si la distancia entre el primero y el segundo lugar no es tan amplia como anticipan las encuestas) a una polarización similar a la del 2006. La oposición, es verdad, ha mostrado más lealtad institucional que el presidente y su partido (quienes, cuando ganan y pierden, deslegitiman por igual a las autoridades electorales), pero hoy hay serias dudas de la neutralidad del Instituto Nacional Electoral con la versión de que un importante funcionario cercano a Taddei frecuenta el cuartel general de la doctora Claudia Sheinbaum. ¿Será?

Imaginar que Xóchitl Gálvez ganara las elecciones y que el presidente reconociera su triunfo es como imaginar que la manzana de Blancanieves es inocua. Ha quedado claro que la estrategia de la tensión (un clásico de la derecha europea para legitimar el autoritarismo) es parte del código genético de Morena. Es de pronóstico reservado imaginar lo que podría ocurrir entre junio y octubre si ganara Xóchitl.

Pero las preocupaciones no se reducen a si ganara Morena con amplitud. Es difícil anticipar lo que haría el presidente, que ha planteado 20 reformas constitucionales, si se encontrara con la hoy improbable, pero no descartable, mayoría constitucional. Lo lógico sería proceder a las mismas y marcar de entrada el territorio de la presidenta electa. Claudia, que ha tratado en estos días de ganar autonomía conceptual proponiendo en diversos foros que ya tiene un modelo de seguridad diferente del presidente, se vería acorralada. Una Cámara en la que el presidente tendrá incondicionales como Adán Augusto, Cuauhtémoc BlancoAlejandro Esquer o su jefe de ayudantes, le daría una enorme influencia durante el mes previo al arranque del gobierno. De ser así en vez de tener el primer año del post obradorismo, tendríamos el séptimo de este extenuante sexenio.

En resumen, me temo que vamos a tener un verano tormentoso y relampagueante. Deberíamos pensar desde ahora en reducir la animosidad. No compremos la retórica confrontadora; lo que está en juego es una forma de gestionar el país. Esta elección pasará como pasó la del 18 y México seguirá tan orondo con su grandeza y su mediocridad, con sus pequeños logros y su incapacidad para modernizarse. Aquí seguiremos, Dios mediante.