La permanente lucha por la secrecía del voto

Opinión  Ángel Lara Platas

A lo largo de las elecciones en México, se han explorado diversos mecanismos para garantizar que el acto de votar cumpla con las condiciones de libertad y secrecía. Esta necesidad ha sido motivada por el interés de terceros en influir en sus trabajadores para que voten por quienes ellos les indiquen.

Uno de los primeros logros para garantizar que el votante lo hace en secreto, fueron las urnas electorales.

Los primeros diseños de las urnas electorales fueron pensados para que nadie se diera cuenta por cuál partido o candidato estaba votando el ciudadano. Se trataba de una mesa con materiales tubulares con divisiones de material plástico, pero abierta en uno de sus lados.

Después, el órgano electoral consideró que habría que rediseñar la mampara para darle mayor nivel de secrecía al votante. Fue así como determinaron que había que el sufragante debía estar aislado en el momento de cruzar la boleta.

Y así, el último elemento que se les incorporó a las mamparas fue una especie de cortina que cubría la entrada al eventual habitáculo. De esta forma, el votante quedaba totalmente cubierto de la cintura a la cabeza. Este diseño garantizaba la secrecía del voto. Ningún tercero sabría el sentido del voto del elector. Además, la mampara se coloca a cierta distancia de los funcionarios de casilla y representantes de los partidos.

Una vez marcada la boleta, el ciudadano debía doblarla para regresar a la mesa donde permanecen los responsables de la casilla, para depositarla en la urna a través de la ranura del tamaño de una boleta doblada. Ante la obligatoriedad de doblar la boleta inmediatamente después de marcada, el elector se protegía ante cualquier intento de coacción.

Era recurrente la práctica de algunos líderes para condicionar la voluntad de sus trabajadores, con la intención de que votaran a favor de los candidatos que postulaba el partido de sus preferencias. El afiliado tenía que demostrar que su voto había cumplido con la forzada encomienda de sus jefes.

Este tipo de coacción, fue adoptado por funcionarios de algunos ayuntamientos e, incluso, por autoridades de gobiernos estatales. La negativa, podía representar el despido del trabajador.

La aparición de los equipos de comunicación llamados celulares, con cámara, abrió un nicho de oportunidad a quienes deseaban torcer los resultados electorales en favor de sus intereses políticos.

Esta tecnología se usó para tomarle foto a la boleta, ya marcada, para demostrar que se había cumplido con la ilegal indicación.

Con la facilidad de poder tomar la foto de la boleta, en la soledad de la mampara, surge el comercio moderno del voto. Interesados en asegurar la votación de algunos candidatos, de antemano ofrecían a electores un pago si mostraban la foto de la boleta marcada en el recuadro que se les indicaba.

Por los motivos arriba comentados, y debido a la alta polarización del ambiente electoral que pudieran crear las condiciones para que proliferen las malas prácticas en el terreno electoral, se deberán tomar medidas para blindar la secrecía del voto.

En el seno del Instituto Nacional Electoral se está tratando con seriedad este asunto, a través de representantes de algunos partidos políticos, a fin de que no se le permita al elector votar con el celular en mano.

Pretenden conseguir algún acuerdo para que el elector deje su equipo junto con la credencial de elector, al funcionario de casilla que tenga estas facultades. Una vez concluido el acto de votar, el ciudadano recogería su credencial y su celular.

Todo lo que contribuya a garantizar que se vote con libertad y en secreto, fortalece a la democracia.

Mantener la secrecía del voto está estipulado en la constitución. Así lo deben entender todos los partidos. Cuando se legisló al respecto, no se agregó el tema de los celulares porque estos no existían.