Calores y aguaceros locos de agosto en marzo

Opinión    Adalberto Tejeda-Martínez*

Por primera vez aparece un libro de Gabriel García Márquez (GGM) en primera edición con un prólogo que no es de su autor, unas notas del editor, páginas facsimilares del manuscrito, y en ediciones tanto impresa como digital. Es más, salvo el «Relato de un náufrago», «Del amor y otros demonios» y los «Doce cuentos peregrinos», ninguna de sus obras en primera edición mereció un prólogo del autor. Ahora los hijos del escritor y sus editores han decidido explicarnos por qué publican algo que GGM consideraba impublicable. Los lectores se dividirán entre complacidos y frustrados, pero ese no es el motivo de esta nota, sino los calores y los aguaceros locos del agosto caribeño que nos han llegado el 6 de marzo, en el cumpleaños 97 del autor y cuarenta días antes del décimo aniversario de su muerte.

En 1963 GGM no era famoso cuando –también en un agosto– un ensayista alemán radicado en Colombia, Ernesto Volkenig, publicó un texto sobre el trópico desembrujado presente en los tres libros que hasta entonces había publicado el colombiano. Hizo ver que el calor y la lluvia estaban presentes de manera casi obsesiva en esas obras. Ocho años después, cuando «Cien años de soledad» había lanzado a la fama a su autor, su entonces amigo Mario Vargas Llosa publicó como libro un voluminoso ensayo que había sido su tesis doctoral, con el título de «García Márquez: historia de un deicidio». Si se extrajeran de ahí las descripciones o ambientaciones meteorológicas que rastreó Vargas Llosa, se podrían completar cincuenta o más páginas de las 742 que contiene el volumen.

Esas descripciones –que por el tema del reportaje abundan en el «Relato de un náufrago»– en casi todos los libros son precisas, a pesar de hipérboles y metáforas desbordadas en las obras que caen en el realismo mágico, como el cuento «Los funerales de la Mamá Grande», la novelas «Cien años de soledad» y «El otoño del patriarca», y algunos relatos de «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira…».

En algunos libros los hidrometeoros son el telón de fondo o sirven para reforzar el ambiente del relato. Por cierto, en ocasiones GGM recurrió al calefactor eléctrico, escribiendo en la Ciudad de México o en Barcelona, para imprimirle a su prosa un ambiente caldeado.

El calor abrasador mata de sed a los pájaros mientras asfixia al padre Antonio Isabel y lo trastorna hasta hacerle creer que ha visto al Judío Errante; se encima a la humillación de la madre y la hermana que visitan la tumba del ladrón que la viuda de Montiel mató de un escopetazo. El trópico cálido, húmedo, de lluvias interminables, está desde «La hojarasca» y el «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» hasta el diluvio y el huracán bíblico de «Cien años…».

Ese ambiente se extiende a otros libros, como el del general que recorre su laberinto desde el frío de las alturas, con la lluvia pertinaz, para desembocar en las llanuras bajas del bochorno y la malaria, y el barco de vapor del amor y del cólera que inicia su historia con la selva omnipresente y la termina entre la floresta devastada por una generación de talamontes. Pero las ambientaciones meteorológicas no son solamente para los textos de la costa caribe húmeda y cálida, sino para otras regiones de Colombia, como el desierto de La Guajira, o las lloviznas persistentes de Bogotá a más de 2,600 metros sobre el nivel del mar.

No sólo se ocupa de la meteorología tropical, sino también de la europea. En «El rastro de tu sangre en la nieve» narra la pasión y muerte de la protagonista cruzando los Pirineos en automóvil bajo y sobre la nieve. «El avión de la bella durmiente» se inicia en una gran nevada que mantiene cerrado el aeropuerto Charles de Gaulle. «Tramontana» describe la perturbación emocional de los personajes por este viento frío proveniente del norte que afecta la costa occidental de España, en particular el noreste de Cataluña.

Esas ambientaciones meteorológicas las inicia GGM en su trabajo como reportero, cuando las usa en los artículos periodísticos al describir el humor del Papa en el verano italiano de 1957 o la pugna entre Brigitte Bardot y Sofía Loren, o la circulación oceánica y atmosférica durante la travesía del náufrago del célebre relato. Este recurso llega a su máximo en algunos textos, no de los más famosos: «Diatriba de amor contra un hombre sentado» inicia con la acotación «La escena

transcurre en Cartagena de Indias, con treinta y cinco grados a la sombra y noventa y cuatro por ciento de humedad relativa…» o el discurso «El cataclismo de Damocles» que pronunció el 6 de agosto de 1986 en Zihuatanejo, frente a seis jefes de Estado, incluido en el libro «Yo no vengo a decir un discurso», donde describe lo que ocurriría tras una conflagración nuclear: «Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sáhara, la vasta Amazonia desaparecerá de la faz del planeta destruida por el granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estará de regreso a su infancia glacial…».

«En agosto nos vemos» –la novela póstuma– llegó en este marzo tórrido –al menos en México– para contarnos cómo una mujer otoñal cada año va a su isla de las ilusiones. En cada viaje su alma y sus deseos van sobre las calles de «arena ardiente», bajo «un sol áspero… de fuego»; a veces se tiende sobre la cama en su cuarto de hotel «cuyas aspas apenas y remueven el calor», y en la noche los relámpagos, «en un mediodía instantáneo», le permiten ver «la laguna encrespada», mientras la «lluvia arrecia y se oyen los aullidos del viento». Cada año cumple su cita con ese «agosto de calores y aguaceros locos».

 

*Climatólogo, investigador de la Universidad Veracruzana.