Pero junto con un comentario de la mañanera del viernes, retomado por la Associated Press, López Obrador hizo noticia, aunque el público norteamericano quizás ni cuenta se dé. Dijo, a propósito del combate al narcotráfico, lo que todos los presidentes mexicanos piensan, pero que nunca verbalizan explícitamente. No me refiero a los lugares comunes sobre la demanda o la responsabilidad compartida, si no a algo mucho más atrevido, y mucho más cierto.

A la Prensa Asociada le dijo que no iba a ser el policía de ningún gobierno extranjero, y que su política era de México primero, la casa viene primero. Y a CBS le declaró que México no tiene un problema de consumo de drogas, dando una explicación medio simplista o francamente tonta de un hecho real: de acuerdo con AMLO, se lo debemos a la familia y a las tradiciones mexicanas. En un país donde según algunas estadísticas, entre un cuarto y un tercio de los hogares es presidido por una madre soltera, se trata de una afirmación un poco temeraria. Pero AMLO dio claramente a entender que el problema es de Estados Unidos, no de México.

Probablemente nada de lo que dice sea completamente cierto, sobre todo el sub-texto. Primero, México ha sido con López Obrador el muro, el policía, el ejército, el violador, el torturador y el asesino de  Estados Unidos en materia migratoria. En segundo lugar, ha cooperado mucho más con Washington en materia de drogas de lo que dan a entender el gobierno de México y la DEA. En tercer lugar, la continuidad de la violencia en México muestra que la guerra contra el narco y sus consecuencias siguen vigentes, hoy más que nunca.

Pero hay algo de cierto en todo esto, y confieso que estoy más bien de acuerdo con la tesis de López Obrador, aunque no la ponga del todo en práctica. Desde que yo recuerde, es decir a principios de los años ochenta, los norteamericanos vienen insistiendo que muy pronto México se transformará en un país de consumo de drogas. Han pasado más de cuarenta años, pero no ha sucedido. Calderón justificó su guerra contra el narco con el argumento de que era “para que la droga no llegue a tus hijos”. No ha llegado, lo cual no significa que se menosprecien las tragedias personales que todos conocemos, o que no haya brotes en tal o cual ciudad, en tal o cual momento. La realidad es que el problema de las drogas es un problema norteamericano, no mexicano. Tenemos un problema de violencia, de corrupción, de crimen organizado emanado del narcotráfico, pero al final del día, no de drogas.

No tiene mucho sentido poner los muertos, los corrompidos, los levantados, los desaparecidos, para atender un dilema ajeno. Tiene razón López Obrador cuando se lava las manos del problema, a pesar de no saberlo a ciencia cierta por no levantar la encuesta nacional de adicciones sino hasta hace poco. Insisto: aunque no lo digan ni lo reconozcan, todos los presidentes de México han pensado lo mismo, para luego hacer lo contrario, o por lo menos tratar de convencer a los norteamericanos de que sí le echan ganas a la guerra contra los cárteles.  López Obrador también desconoce su propia tesis, pero comienza a volverla explícita. Enhorabuena.

La siguiente pregunta es obvia. Partiendo de la premisa de que el problema de las drogas es de Estados Unidos, no de México, ¿Qué debemos hacer? En un mundo ideal, legalizar todas las drogas, ser indiferentes ante la salida de estupefacientes de México hacia Estados Unidos, y sugerirle a Washington que si desea impedir el ingreso de drogas, que ponga a decenas de miles de tropas de su lado de la frontera para lograrlo. De la misma manera que si fuéramos consecuentes con la cantaleta de las armas, quien debiera detener su entrada a México somos nosotros, no ellos. Solo que el mundo ideal no existe.

A López Obrador se le acabó el tiempo. Cualquiera que sea la conclusión lógica de su premisa -que comparto, desde hace muchos años- será formulada y puesta en práctica por otra. Ambas candidatas pueden irle pensando desde ahora. No es tarea sencilla.