Cuento, en primer lugar, con la contención de la gente, por buenas y malas razones. Las buenas se refieren al deseo cada vez más extendido de vivir en paz. Nadie en su sano juicio desea ver al país incendiado. Así que muy pocos responderían a los tambores de guerra y muchos menos desearían escalar o extender un conflicto prolongado y sin salida pacífica.

De otro lado, las personas interesadas y activas en la vida política del país —las que no viven de eso, pero dedican tiempo a participar— siguen siendo muy pocas. Por eso triunfan los aparatos dominados por un puñado de políticos profesionales: porque pagan el respaldo que obtienen, pero los movimientos que reclaman compromisos de largo aliento, sin dinero, suelen ser efímeros.

En lo externo, veo pocas probabilidades de que otro país quiera atizar el fuego mexicano. Los Estados Unidos están ocupados en su propia polarización y dudo que quieran añadir más leña a esa hoguera que traería, inevitablemente, menor control de las fronteras y una caída de los negocios compartidos. El Dios de los estadounidenses es el dinero y un conato de guerra civil en México minaría su propio crecimiento y les acarrearía más migración. Nunca han sido hermanitas de la caridad, pero las circunstancias mandan y antes de sus elecciones, les vendría muy mal un estallido de violencia generalizada en el vecino del sur.

Por otra parte, la así llamada clase empresarial suele defender sus convicciones políticas en la medida en que no disminuyan sus ganancias. En grupo pueden ser duros y vocales, pero en lo individual solo los muy ricos o los muy pequeños empresarios se atreven a cruzar la línea roja. Como lo probó el recién fallecido premio Nobel Daniel Kahneman: lo que predomina en las decisiones económicas no es la audacia sino la aversión al riesgo. De modo que mi pronóstico es que esperarán resultados reacciones y, acto seguido, buscarán el punto medio entre pelear y negociar.

Entre los políticos profesionales, como hemos constatado mil veces, tampoco hay muchos que estén dispuestos a jugarse la vida en una aventura. Este rasgo —que fue siempre una de las grandes ventajas de AMLO sobre sus adversarios— podría abrir caminos para conjurar un conflicto mayúsculo tras las elecciones. Habrá gritos y sombrerazos, muchas notas y declaraciones a granel, pero es poco probable que alguien convoque a la revuelta, como en los viejos tiempos (con excepción del presidente, quien ya volvió a hablar de tigres desatados, si pierde votos).

Veo, en fin, que con excclusión de los cárteles más potentes del crimen organizado, nadie más estaría dispuesto a desafiar el poder que han venido acumulando el Ejército y la Marina. Hasta ahora, hay debate sobre el papel que habrán de jugar durante el resto de este siglo y sobre el peso de la militarización auspiciada por la 4T. Pero no hay —ni creo que haya— una convocatoria social para defenestrarlos con violencia.

El país vivirá tiempos de zozobra y la polarización seguirá vigente, pero creo (o para precisar, quiero creer) que pase lo que pase en los comicios, el conflicto político no se desbordará de los cauces habituales de la disputa verbal y jurídica entre partidos, congresos, medios, oficinas públicas y tribunales. No es poca cosa y no es trivial. Pero mientras no se convoque a la violencia, habrá esperanza.