El árbol de la utopía

Con pelos y señales Enrique Serna

Desde su destape como precandidata al gobierno capitalino, Clara Brugada se ha proclamado campeona de la utopía. En YouTube se puede ver el biopic “Clara, creadora de utopías” y en febrero, el Instituto Nacional de Formación Política de Morena organizó el foro “Construyendo la utopía: ciudad con bienestar, derechos y libertades”, una pasarela política disfrazada de evento cultural. Aunque Morena carece de una ideología definida, pues los humores o las ocurrencias del presidente la modifican a su capricho, la facción del partido que persuadió a López Obrador de imponer por dedazo la candidatura de Brugada, a pesar de su derrota en los sondeos de opinión, está compuesta por intelectuales orgánicos fieles a la vieja doctrina marxista leninista. Erigidos ahora en paladines de la utopía, buscan perfilar a Brugada como líder de una seráfica vanguardia de soñadores, en lucha contra el sórdido pragmatismo neoliberal.

Un principio básico de la botánica es cortar las ramas enfermas de un árbol para que pueda seguir creciendo. De lo contrario, el árbol entero se muere. Hoy en día, los peores enemigos de la utopía igualitaria en América Latina no son las élites económicas del continente, ni el imperialismo yanqui, sino las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua, que los ideólogos morenistas, empezando por AMLO, se abstienen cautelosamente de criticar. Contribuyen así a matar el árbol que veneran. ¿Les parecen justas y admirables esas tiranías? ¿Por qué no se deslindan claramente de ellas, como el presidente chileno Gabriel Boric? El primer paso para extirpar los tumores de la utopía es reconocer su existencia. El segundo es admitir que el poder absoluto corrompe a cualquier apóstol de la justicia social. Buscarlo con denuedo revela, cuando menos, una sobrestimación engreída de la propia moralidad.

Luis M. Morales
Luis M. Morales

Las almas puras que integran la facción marxista-leninista de Morena no sólo se creen moralmente superiores a sus adversarios políticos, sino a los líderes castristas, chavistas o sandinistas que enarbolan la bandera de la igualdad para oprimir a sus pueblos y sepultarlos en la miseria.  Cacareando su alteza de miras, intentan convencer al electorado de que ellos no implantarían una dictadura en su intento por fundar el edén, pero la otra vertiente ideológica de Morena, el nacionalismo revolucionario del viejo PRI, es la que marca la tónica del partido, con menos pudor para exhibir su autoritarismo. El jaloneo entre cínicos y puritanos ahonda el abismo entre su discurso y la realidad, pues mientras Clara Brugada anuncia el advenimiento de la utopía, las acciones del presidente configuran la distopía más horrenda. Ya secuestró la Auditoría Superior de la Federación para librarse de su incómodo escrutinio, y ahora pretende aniquilar la autonomía del INE, la Suprema Corte y el INAI, por medio de leyes draconianas que le darían la puntilla a nuestra endeble democracia, si la sociedad civil no la defiende en las urnas. El gigantesco subsidio a Pemex, el AIFA, el Tren Maya y Mexicana de Aviación, sumado al creciente gasto en programas sociales, indispensable para satisfacer a las clientelas políticas, encamina la economía a un barranco sin fondo. “El mejor presidente de nuestra historia”, como lo llamó Claudia Sheinbaum, destrozó el sistema de salud, ha concedido enormes cuotas de poder a los altos mandos del Ejército, amenaza y persigue judicialmente a la prensa opositora, utiliza los libros de texto gratuito con fines de adoctrinamiento, quiere ampliar el catálogo de ilícitos que ameritan prisión preventiva oficiosa para encarcelar sin juicio a cualquier sospechoso, utilizó a Arturo Zaldívar para extorsionar a la Judicatura con métodos dignos de Al Capone y concede impunidad absoluta al crimen organizado en vastas regiones de la República. Hermosa manera de tomar el cielo por asalto.

En la misma tesitura utópica de Brugada, la candidata presidencial de Morena formuló el 11 de abril, en Mexicali, una delirante promesa de campaña: “Es falso que si no se trabaja entonces no se puede vivir bien, eso es el discurso del pasado, aquí el gobierno, el Estado mexicano, tiene que apoyar un sistema de bienestar…” Tomás Moro, Saint-Simon, Fourier, Bakunin, Engels y Marx exclaman desde ultratumba: ¿cómo no se nos ocurrió antes? Ni el peronismo argentino se atrevió a prometer la holganza universal para cosechar votos a cualquier precio. Al diablo con la productividad y el culto al trabajo fecundo: vota por Morena y échate en la hamaca. Más que podar el árbol de la utopía, Sheinbaum quiere plantarlo en el aire. Hasta el momento no ha corregido en público su dislate, de donde se infiere que habla en serio. La realidad le salió al paso poco después, en el retén chiapaneco donde quedó claro quién manda en México.
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